Nader Kfoure y su mamá (fotografía gentileza La Voz del Interior)

Nader habla de la mujer que vuelve a darle la vida

El síndrome urémico hemolítico afectó su salud desde que tiene un año de vida, y desde el 2014 comenzó a dializarse. Hoy con 20 años su mamá será su donante renal y el lo contó en una carta a La Voz del Interior. 

“Desde antes de nacer tenemos a alguien que nos protege, nos cuida, nos da lo mejor. Esa persona se preocupa por nosotros y por un largo tiempo estará para guiarnos. Es nuestra madre. Mi mamá se llama Alejandra Ojeda, claramente ella cada día hace más por nosotros, pero pronto hará algo que le cambiará la vida a ella y a mí: me donará un órgano.

Soy el mayor de sus tres hijos (mis hermanos son Nasif y Nahir) y tengo 20 años. Los tres estudiamos, hacemos deportes y pasamos tiempo con nuestros amigos. Todo parece normal, pero desde que tengo 1 año lucho por mi salud: tuve síndrome hurémico hemolítico (SUH), más conocido como “el mal de la carne cruda”. Estuve muy grave por un tiempo y salí adelante gracias a la gran labor de los médicos que me trataron.

Me indicaron una dieta hiposódica (sin sal agregada) para toda la vida y me recetaron una serie de medicamentos. Hasta que cumplí los 18 años, cada tres a seis meses mi mamá me llevó a control en el hospital Infantil. Una de las doctoras me adelantó que en algún momento tendría que ser trasplantado por el daño que sufrieron mis riñones. El deterioro se producía año a año.

Y ese día llegó.

A principio de septiembre del 2014, empecé a advertir que había días en los cuales estaba un poco hinchado. Otros días, en cambio, dormía mucho; pero también había momentos en los que estaba normal. A mí, en cambio, me gustaba mucho estar activo y dormir poco, aprovechar todo el tiempo al máximo y mantenerme ocupado.

El 18 de septiembre, mi cuerpo no dio más. Estaba muy, muy cansado, sólo quería dormir, y estaba muy hinchado, sobre todo debajo de la espalda.

“Tenemos que ir urgente al medico”, dijo mi mamá. Yo me sorprendí. “No es nada, ya se me va a pasar’’, le contesté.

El día de la madre, justo ese día, me sentí muy mal y mi abuelo, José Kfoure me acompañó al sanatorio.

Llegamos a las 19, me hicieron varios análisis y aproximadamente a las 21 nos dieron los resultados: todos los valores daban altos, estaba grave aunque no se me notara.

Me internaron y así estuve un mes. Pero lo peor es que a los tres días me informaron que tendría que someterme a diálisis. “No puede ser doctora, voy a estar bien, mis valores bajaron, ¿se fijó?’’, le dije. Pero no me escuchó.

Cada día que pasaba los valores de mis análisis bajaban un poquito más y empezaban a estar bien, pero yo no quería estar más internado. Quería ver la luz del sol, caminar, correr, ver el atardecer. Estaba empezando a darme cuenta de todo lo que tenemos y recién apreciamos cuando no estamos bien.

Hubo días en los que me sentí solo, con un poco de miedo, ya que miraba alrededor y había muchos pacientes próximos al otro mundo. Es lo normal de una terapia intensiva.

Tuve siempre el apoyo de mis amigos, familiares y conocidos que se acercaban para visitarme y dejarme uno que otro regalo, también de los vecinos de nuestro barrio. Pero los que me acompañaban todos los días con gran esfuerzo, fueron mis padres. Mi mamá me ayudó mucho con sus palabras motivadoras, sabe cómo funcionan las terapias ya que es enfermera.

Lo que realmente tuve que hacer para no desesperarme dentro del sanatorio fue leer, leer y seguir leyendo, pensando en salir, estar mejor y sobre todo colmarme de paciencia, la grand virtud de las personas.

Hace un poco más de un año que estoy en diálisis. Un tratamiento que es muy agotador: es filtrar la sangre en cuatro horas cuando una persona normal lo hace en 24 horas.

Salir de esa situación fue nuestro. ¿Cómo lo lograríamos? Con un trasplante renal. A todas las personas con insuficiencia renal les cambia totalmente la vida.

Pronto, el jueves de la semana que viene, es el gran día. Seré trasplantado en el Sanatorio Allende. Estamos un poco ansiosos y nerviosos, pero sabemos que es para bien, que es un acto de amor, nobleza y valentía de mi madre por mí.

Nos gustaría que todas las personas tomen conciencia de la importancia de la donación de órganos, porque los que padecen enfermedades similares muchas veces nos vemos un poco excluidos por tener un problema que muy poca gente conoce. Hay quienes te preguntan siempre si estás bien o mejor, cuando es una enfermedad que no se cura de un día para el otro. Aprender, acompañar y actuar donando sería la mejor opción.

En el cielo les dicen “ángeles” y en la tierra, donantes. Donar es dar la oportunidad a otra persona a renacer y vivir una segunda vida. Salvar una vida es un valor supremo”.

Nader Kfoure

Fuentes:

El texto original fue publicado en la versión impresa de La Voz del Interior del 11 de noviembre de 2015.

Fotografía: gentileza La Voz del Interior.

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