Lucas: un valiente que dejó su cuerpo

El caso de Lucas Lemlich y su partida conmovió a muchos. Un niño que soportó lo que pocos imaginan. Este es otro homenaje a un valiente que esperaba una donación de médula ósea.

Por Paola Di Gregorio

Una de las experiencias más terribles que puede atravesar un ser humano sin duda es el diagnóstico de cáncer, pero cuando el enfermo es un hijo, las palabras nunca alcanzan para explicar tanto dolor.

Todos los que somos adultos, de alguna u otra manera, hemos podido construir nuestra infancia, grandes aprendizajes allí, en el arenero. Horas de juegos, de pintarnos las manos con temperas y apoyarlas sobre algún papel. Como niños nos hemos ingeniado todo con tal de no caer en el caos de lo aburrido. Correr, saltar, reír y llorar, el abrazo de nuestros padres o de quienes tengamos cerca, las infaltables meriendas, nuestros dibujitos preferidos, aquellos primeros amigos.

Los hermanos, que entre peleas y escándalos, supimos que no podríamos vivir sin ellos. La escuela y las primeras responsabilidades, la tarea, el recreo, seguir corriendo, seguir saltando y cada vez más fuerte, porque estamos creciendo, nuestra vida es el juego, los afectos, la inocencia con la que vamos haciendo el camino.

Uno siempre recuerda al niño que fue en la calesita, en los rincones del jardín, en el patio de la escuela, en las aulas, en los parques y hasta en la cama, cuando un beso de buenas noches de mamá nos calmaba todo.
Lo que no es fácil imaginar es que la vida de un niño pueda reducirse a un Hospital, con personas grandes, con vestimentas no tan simpáticas como las remeras de monstruos y superhéroes gigantes o flores de colores. No es fácil pinchar una vez, otra vez, y otra vez. No es fácil adaptarse a los tratamientos invasivos, quimioterapias, radioterapia, cirugías. Más pinchazos. Aspirados, biopsias, punciones. Tanto y todo en un cuerpo pequeño que aún no ha visto el mundo. Ellos, sin embargo son valientes,,incluso cuando las cosas no van bien. Son ejemplares. Se enfrentan a la adversidad con una fortaleza admirable, es que así son los niños, son luz, son esperanza, son los seres más bellos que Dios creó.

Lucas Lemlich fue todo eso y más.

Hace sólo unas horas decidió abrir sus alas y volar para dejar de vivir con nosotros y empezar a hacerlo dentro nuestro.

Este niño inmenso por su garra, por su alegría y por su tenacidad, en abril fue diagnosticado de un tipo de Leucemia conocida como mieloide monocítica, un tipo de Cáncer que afecta a dos precursores de la serie blanca, estos monocitos y mielocitos crecen anormalmente y proliferan cada vez más, desencadenando la enfermedad. Actualmente se trata como todas las patologías hemato oncológicas. Ciclos de quimioterapia, y todos los procedimientos para controlar si resulta o no el tratamiento seleccionado. “Luqui” lo ha soportado todo, y quizás mientras encontrás gritos y pataleos en un adulto, los niños resisten.

Buscó incansablemente su donante compatible de médula ósea, primeramente se forma el grupo de Facebook #MédulaParaLucas y se lanzan campañas para registrar personas por él y por todos los Lucas”.

Su compatible nunca llegó pero nada le quitó la sonrisa.

A lo largo de su enfermedad, tuvo altos y bajos, hubieron salidas pero también muchas internaciones. Soportó recaídas. Estuvo en terapia intensiva por una sepsis. Logró salir. Fue intervenido neuroquirúrgicamente tras conocerse mediante una Tomografía, un tipo de tumor cerebral. Entre estudios descubren que tenía los glóbulos blancos muy elevados, lo que daba sospecha a una recidiva de la Leucemia que, finalmente se confirma. Respiró fuerte. Nunca se detuvo. Ni sus amiguitos que lo visitaban, ni sus inmejorables padres, ni siquiera sus peluches lo abandonaron. Cuando fue diagnosticado, el quiso que le dijeran “Leoncito” para enfrentarse a la situación que con amor y vocación, los oncólogos pediatras le explicaron. Fue duro. Pero el siguió firme.

Que Lucas se haya ido no fue por perder la batalla. Lucas se fue mirándola fijo y dándole pelea hasta el final. Luqui rasguñó cada día, quería vivir, lo demostraba tan intensamente. Pero se nos fue. Muy rápido, casi sin poder decirle adiós. Nunca se está preparado para que un niño te suelte la mano. Mi chinito lindo estaba cansado. Nadie podía pedirle más. Lo ha hecho todo. Fue, es y seguirá siendo importante para mí. Te voy a llevar conmigo siempre mi amor. Por vos y por tantos, esta lucha sigue y cada vez más fuerte, porque tengo el deseo de ver una sociedad y un municipio puramente donante. No me alcanza la vida para pedirte perdón por no haber hallado a tiempo el tuyo. Te voy a extrañar mucho, pero también se, que naciste con una misión, tenías un mensaje para dar, y así lo hiciste. Pese a la tempestad que te tocó vivir con sólo ocho años de edad, resististe, y siempre con esa mágica sonrisa que nunca olvidaré. Los niños no mueren, simplemente van al cielo. Nos vemos en los sueños, payasito, allí, donde todo es posible..duerme tranquilo mi niño! Ya no hay dolor.

Mi pequeño homenaje a un héroe en vida y hoy, eternamente.

Paola Di Gregorio
Estudiante de Medicina UBA.

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