Las madres del Hospital San Roque

La experiencia de donar sangre por primera vez contada en primera persona. Esta es la crónica de un desmayo anunciado de un redactor que se animó a ayudar a pesar de ser impresionable. 

Por Pedro Albarracin  

Cuando pensé escribir este artículo sobre el proceso de donación de sangre, me imaginé algo muy distinto. Pensé que terminaría diciendo “qué fácil es donar” o “algo tan simple puede ayudar tanto”. No, no fue mi caso. No me pareció simple, para nada. En el momento del pinchazo me empecé a sentir decaído (soy un poco anémico) y estuve a punto del desmayo. Hubiera sido una de las experiencias más negativas de mi vida, y sin embargo no lo fue. Eso se lo debo a tres excelentes mujeres que me acompañaron y ayudaron: las madres del hospital (como decidí llamarlas).

A las 7:40 de la mañana  ya estaba listo. Había tomado el té con tostadas que me recomendó la página del Incucai y me encaminé hacia el Hospital San Roque “viejo” (como le llaman) que está en el centro de la ciudad de Córdoba. Entré por el estacionamiento buscando un cartel con alguna frase típica de los anuncios de salud. La parte del hospital donde se encuentra el servicio de donación de sangre es vieja, como todo el lugar en sí. Sin embargo, está muy bien cuidada y con algunas reformas. El pasillo, de medio metro, finalizaba en tres puertas, todas plagadas de carteles entre instrucciones y anuncios incentivando a donar. Entré a la habitación señalada como “sala de espera”.

El espacio era chico, contaba con el doble de asientos que de personas y en la punta habían dos secretarias sobre tres escritorios. Una de ellas me miró y me hizo señas de que avanzara. Me preguntó si traía documento y me entregó una hoja informativa junto con una encuesta. Las instrucciones fueron claras: leer la hoja, completar las preguntas y esperar a ser llamado por número. Completé las preguntas que hacían referencia a si había padecido el mal de chagas o si había tenido Creutzfeldt-Jakob (después me enteré que era lo que se llama síndrome de las vacas locas), entre otras. La habitación estaba llena de panfletos que exponían temáticas relacionadas: cómo ser dador de médula, el proceso de transporte, el día del donante voluntario, entre otros más.

Cuando la secretaria dictó el 74, acudí a su llamado. “¿Dónde se encuentra el paciente?”, me preguntó. Después de un tiempo de pensarlo le contesté que no iba a donar para alguien en especial. “¡Ahh! Sos voluntario”, me catalogó con una sonrisa en la cara y me retó por no haberle dicho antes, advirtiéndome que me hubiese ahorrado la espera. Llenó mis datos y me entregó una ficha junto con las indicaciones para llegar a los consultorios donde me harían la entrevista.

Al subir las escaleras me encontré con varias puertas numeradas y alrededor de diez individuos que esperaban por su llamado. Me senté. Al salir una doctora, la interrumpí en pleno llamado a un tal Herrera y le informé, por mandato de la secretaria, de mi condición privilegiada. Accedí al consultorio con miradas de furia sobre mi espalda de los que estaban antes que yo y algún que otro insulto hacia mi persona. “!No te tenés que sentir mal!”, me dijo la médica cuando le pedí disculpas por haber usado mi beneficio, justificándose en que yo estaba donando para gente como esa.

foto gentileza:(cobico.com.ar)
foto gentileza:(cobico.com.ar)

El encuentro fue corto, posiblemente debido a mi escaso expediente de enfermedades. Me entregó una bolsa con los elementos requeridos para la extracción y precisas instrucciones del siguiente paso a realizar, que consistía básicamente en encontrar a “Olguita”.

Al descender por las escaleras, llegué a la cafetería y la mujer que tenía que encontrar me encontró a mí. Ella es una de los tres seres que mencioné al principio. De pelo corto y edad avanzada, Olguita me indicó que tomara asiento y que ya me llamarían.

La “doña” era la organizadora del lugar, hasta me animaría a decir el alma del hospital. En su pequeña cocina- comedor, que sólo cuenta con dos paredes, puede ver todo lo que pasa por allí. Y tengo la sensación de que eso le encanta. Esta señora, vestida con guardapolvo blanco y con un trapo empapado en lavandina con el que limpia las mesas, orienta a todos los despistados que acaban en su zona. Por las escaleras para la entrevista, por la puerta a mano derecha los que van a sacarles sangre y al fondo a la izquierda para aquellos que urgen de un baño. Olga es la reina del lugar, es su parte en el mundo y se le nota en la sonrisa constante que acompaña sus arrugas, en el cariño disfrazado de chistes de sus compañeros y por la amabilidad con la que sirve el desayuno gratuito.

Apenas me senté, una persona vestida de uniforme blanco y con una sonrisa en el rostro me invitó a pasar. La sala de extracción la conformaban unos sillones marrones y viejos, colocados paralelamente y formando una larga línea. Unos estantes llenos de tubos y elementos de trabajo protegían las paredes. De fondo, se escuchaba un programa de televisión local, proveniente de los tres televisores. Estos estaban ubicados estratégicamente para que los dadores nos distrajéramos mientras insertaban la estremecedora aguja. A mi asiento no le funcionaba la traba reclinable, por lo que tuve que hacer equilibrio con las piernas para no desestabilizarme. La enfermera, de la cual no tuve el agrado de preguntarle el nombre, me inclinó hacia atrás, me colocó un elástico haciendo un torniquete y me pidió que cerrara mi mano derecha haciendo fuerza. A la vez, me hacía preguntas para relajarme y en cuanto se producía un silencio incómodo aprovechaba para tararear una canción alegre y pegadiza.

“¿Estás asustado?”, me preguntó,  y respondí con una risa, porque esa no era una pregunta. Ella sabía que estaba nervioso, lo sentía. Me tranquilizó y me recomendó no mirar cuando le advertí que yo era un sujeto impresionable.

El pinchazo dolió. No puedo mentir ni simular que “me la aguanto”. Rápidamente me pidió que cerrara y abriera el puño, lo que impulsaría el liquido rojo hacia la bolsa. Por dentro rogaba no descomponerme, recordando experiencias pasadas. Escuchaba la tele y trataba de concentrarme en lo que hablaban: las elecciones nacionales. De un momento a otro, la otra sanitaria (que después supe que se llamaba Silvia) cambió de canal por uno donde pasaban música latina de los noventa. La pantalla mostraba a un joven Chayanne y las mujeres, en un ataque de éxtasis, comenzaron a cantar a dueto. Eso no parecía una sala de extracción de sangre. Se asemejaba más a un concierto donde el público, los dadores, mirábamos atentamente la performance. Una decaída repentina me sacó de mi lugar de espectador: mi visión se nubló, mi estómago empezó a dar vueltas como si quisiera salir y un calor caribeño me agarró por sorpresa haciéndome sudar. No alcancé a llamar a la enfermera. Ella ya había llegado. Era como si nunca se hubiera alejado. Llamó a Silvia, quien me puso los pies en alto y me recostaron hacia atrás, lo que me trajo a la realidad.

“¿Estás bien?”,  me dijeron, y fue la primera de una veintena de veces que lo escuché de sus bocas. Me alentaron para terminar el proceso y me sacaron la aguja del brazo.

Veinte minutos, dos vasos de jugo, una medialuna y unas gotas para aumentar la presión terminaron con mi descompostura. Sin mencionar la atención que me dieron aquellas mujeres de la sala, casi como la de mi mamá a los 7 años y con fiebre de 39 grados. Una vez parado,  aquellas personas me respondieron con una sonrisa enorme en la cara: “gracias a vos”. ¿A mí? Si yo no hice nada por ellas.

En la cocina me esperaba Olga, con un café con leche y otra medialuna. Me preguntó sobre mi estado e intuí que ya casi todo el hospital sabía el papelón que había protagonizado.

“Esto pasa todos los días”, me aseguró la cocinera, aunque yo no vi a nadie en mi situación por ahí cerca. En la mitad de mi desayuno apareció la enfermera, de la cual no tengo su nombre pero sí el recuerdo, y me hizo la pregunta una última vez antes de irme: “¿Estás bien?”.

Cuando pude ver el fondo de la taza y con la presión en estado normal, agradecí todo lo que pude a la encargada del desayuno, quien me respondió con el mismo e incomprensible “gracias a vos”.

Al atravesar la puerta de salida escuché un grito. Era Olga, quien me preguntó preocupada: “¿No trajiste campera? ¡Te vas a enfermar!”, lo que terminó de formar la imagen maternal que vive en ella y en las otras dos mujeres que me atendieron.

No sé que fue de mi sangre. Nunca sabré a quien le llegó. De lo que sí estoy seguro es de haber encontrado gente que trabaja con alegría y de cómo esas personas, que “adoptan” a todos los dadores como sus “hijos”, te incentivan a donar. Creo que nunca estaré lo suficiente agradecido. A las enfermeras: gracias a ustedes.

Fuentes: La imagen fue tomada de Bienestar.salud180.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s